⁜ Epístola Navideña de Su Eminencia obispo Juan de Caracas y Sudamérica ⁜

Más cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de, mujer, puesto bajo la Ley para que redimiese a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gal. 4, 4-5)

¡Él tan esperado de todos los tiempos vino e iluminó al mundo! ¡El Siempre eterno Dios se encarnó de la Virgen Pura! ¡Cristo ha nacido! ¡Dios está con nosotros!

Esto – es  el momento más glorioso de la existencia del hombre, lo que esperaba toda la humanidad, comenzando por Adán, aquello hacia donde guiaban todos los profetas. No es simplemente el nacimiento de un preceptor moralizador, o bien un educador espiritual, o bien el último profeta o un pensador o un predicador, de los cuales la historia ha visto muchos, sino, el Salvador, el Mismo Hijo de Dios.

En el hecho de que el Mismo Señor Dios tomó la naturaleza humana – está el punto de inflexión de la trágica historia de la humanidad caída. En el hecho que el Mismo Señor Dios se transfigure completamente como humano, es la total culminación de la sagrada historia de la revelación de Dios al hombre.

Si la llegada del Mesías, antes del Nacimiento de Cristo, era un lejano haz de luz hacia el cual la humanidad caída podía dirigir todos sus deseos y expectativas, el cual le dio la esperanza y sentido a nuestra  estadía en este valle de lágrimas, pues ahora, la Encarnación del Hijo de Dios es una realidad eterna e inalterable, a la cual, nosotros como Cristianos, hemos sido llamados a vivir de tal manera para estar en comunión con la vida celestial y ser herederos de Dios. En ella, nosotros desde la profundidad de nuestra insignificancia somos llamados a elevarnos hacia una existencia eterna e ilimitada, para la cual hemos sido originalmente creados. En ella nuestra fugaz existencia temporal puede alcanzar la Eternidad. En ella nuestra turbada alma puede obtener la paz y el descanso.

Cristo, la pre-eterna Sabiduría de Dios, Su Palabra y Poder, Creador de todo, ahora Nacido de la Purísima Virgen e iluminando al mundo entero, pues,  también, qué ilumine nuestras almas y mentes con la gloriosa luz de Su Teofanía.

¡Cristo ha nacido! ¡Glorifíquenlo!

Juan, Obispo de Caracas y Sudamérica

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